Todo en la vida gira alrededor del amor. Los dramas y dilemas que provocan dicho sentimiento constituyen la sal y la pimienta en el súbito intento de volver eterno lo pasajero. Dichosos los que escapan a su influjo sin verse en medio de la contradictoria tormenta de lamentos. Insensatos todos aquellos que se preguntan en dónde encontrarlo, sin darse cuenta que siempre está allí, a la vuelta de cualquier esquina, flotando en la inmensidad del aire.
Quisiera poder convencerte de soñar lo mismo conmigo, de incitarte a creer que vivir en el mundo no significa estar encerrados entre cuatro paredes, ni pasar las horas enjaulados en nuestras casas, apartándonos unos de otros; me gustaría probarte que nuestra solitaria existencia puede cambiar de pronto, pero tenemos tanto pavor a que se burlen de nuestras cursilerías, que no demostramos nuestro sentir y lo que en verdad somos.
De repente me asalta un pensamiento y me pregunto: ¿y yo? tampoco sé bien a bien para qué escribo; tal vez para calmar mis penas y dejar de sentirme tan triste e incompleto, pero ¿qué necesito yo y qué deseo?, por qué siento que también vivo de ilusiones perdidas?... de algún modo, soy miserable al darme cuenta que tampoco tengo quien escuche mis lamentaciones, que al igual que mucha gente allá afuera, soy sólo un alma quebrantada dentro de un débil cuerpo, mientras me descubro sollozando y preguntando a qué sitio pertenezco.
No quisiera volver a sentir ese cúmulo de soledad que me asfixia en medio de esta ciudad tan vacía y llena de individuos acorralados por la neurosis cotidiana, que envenena los sentimientos hasta volverlos siniestros. Así que dejémonos desnudar el alma; atrevámonos a amar y ser amados; hagamos a un lado la cobardía de soñar porque todos necesitamos ser amados y aceptados.
Debemos dejar de escondernos en nuestro caparazón, del que por comodidad y temor preferimos no salir; es mejor erradicar el miedo a vivir y animarnos a conocer gente nueva, abriéndonos al mundo para dejar de sentirnos rechazados y por fin, atrevernos a ser distintos.
Hoy solo sé que no quiero sentir más miedo, aunque no te conozca y me quede solo en este diálogo de incertidumbres, donde permaneceré gritando tu nombre en el más largo silencio, para que vuelvas y te cuente cuánto me haces falta por las noches y cuánto miedo pugna por surgir desde adentro al andar a solas con mi soledad.
Justo como ahora mismo, que me gustaría pronunciar tu nombre y que aparecieras junto a mí, sin tener que llamarte a gritos para que tu alma envuelta en gentilezas escuche a la mía y la acompañe cuando más lo necesito.
Tal vez sólo te idealizo, pero aunque a lo mejor nunca te pueda tener mi boca, ni te puedan acariciar mis manos, mi alma se abre para recibirte por entero. No sé si eres un parte de un sueño inesperado, sólo sé que quiero tenerte a mi alcance como nunca. ¿Dime, tú crees que sea una locura?
Simplemente, me dejé dominar por la curiosidad. Lo confieso sin temor a equivocarme. Y es que mientras navegaba por una página de literatura me resultó imposible controlar la sensación de husmear en el libro de visitas. Así que me detuve a leer algunas opiniones de aquellos que buscando algún tipo de información similar, habían dejado sus mensajes para compartir con otros su parecer acerca del sitio.
“Lewis Carroll tuvo que haber usado estimulantes cuando escribió Alicia en el país de las maravillas, decía irónicamente la persona cuya dirección de correo electrónico llamó mi atención”. Dioza_zol@hotmail.com me sonó completamente normal, pero el hecho de que hubiera empleado la letra “z” para escribirla fue lo que enganchó a mis ojos inquietos.
De inmediato quise saber más detalles acerca de ella. Copié su correo y le escribí un breve mensaje que no tardó en devolverme. Comenzamos a intercambiar ciertas especulaciones sobre la obra de Carroll y nuestro diálogo giró en torno a lo que le daba ese tono tan especial para ambos. Lo cierto es que me dijo que esa novela le encantaba como pocas y que incluso se sabía de memoria varios fragmentos de la historia.
Luego de tan fortuita coincidencia, intentamos hablar más sobre nosotros. Me contó que no tenía ninguna hora fija para conectarse al messenger pero poco después, me mandó su número telefónico apuntado con letras de colores sobre una tarjeta virtual.
Han pasado un par de días pero hoy finalmente me atreví a llamarla. Por un momento supuse que del otro lado de la bocina me contestaría una persona mayor que yo, pero menuda sorpresa la que me acabo de llevar. Su nombre es Susana, tiene tan sólo 23 años, se dedica a estudiar la carrera de turismo y además toma clases de yoga cuatro veces al mes.
Mientras me dice todo eso, sus palabras logran inquietarme porque su voz dulce y jovial me parece de lo más espontánea. Lo mejor de todo, es que también vive por mis rumbos y que muy pronto la podré conocer en persona por esa cualidad o defecto que siempre me ha caracterizado, es decir, gracias a la incontenible curiosidad que desencadenó todo.
Desconoces los motivos precisos, pero siempre relacionas el deseo femenino con el acto de comerte una manzana. Degustar su sabor te parece tan sensual como el goce que produce ese encuentro, donde se trascienden las barreras físicas a partir del furor nacido de un dulce beso.
Mientras la brisa provocativa cobra mayor fuerza para refrescarte con su aliento de verano, las nubes se aglomeran en el vasto cielo. Sentada en la banca de un parque, te tomas la libertad de pensarme en la tranquilidad del crepúsculo.
Ya no puedes ni quieres resistirte. Tal vez finjas que no me conoces, pero en el fondo sabes que eres fiel a mi sagrada voluntad en este mismo instante. Se te hace agua la boca y sin que puedas evitarlo, crecen tus ansias de ser poseída.
Entonces me sostienes entre tus manos, aumentando los latidos en el ritual de seducción en el que precisas sentirme sobre la superficie de tu piel. Ahora estoy cerca de tu alcance: me imaginas en tus labios, dispuesta a mis delirantes caprichos y urgida de mil caricias, sientes hervir la sangre.
Mis esfuerzos resultan fructíferos. Antes de morderme delicadamente hasta sacarme el jugo y llegar a mi centro, te figuras que soy esa manzana roja, brillante, aromática. Quebrantada por mi esencia, juegas con mi necesidad de ser palpable, cierras los ojos al fin y pierdes el control de todos tus actos, disfrutándome por completo, pues soy Eros, tu único dios, tu mejor amante.
De la densidad nocturna salimos airosos, si entendemos su propia lógica, su singular ironía de perseguidores y perseguidos. La noche se hizo para evadir nuestras rutinas, por eso la gente deambula en busca de una rebanada de felicidad, aunque ésta sea efímera, apenas regida por su ideal de libre albedrío.
Te pienso aquí, entre los faros de la Alameda Central, en las calles empedradas, en el cruce de las esquinas con los semáforos en rojo, en la fiesta necesaria para restablecer el espíritu, con una multitud enardecida por la música de Gardel. Luego del festín, todos se repliegan hacia sus respectivos territorios enfilándose por la calle de Madero, por el Puente de Alvarado hasta llegar a Insurgentes o hacia el primer retorno que los lleve a sus reiterados compromisos de habitantes sumidos en la ciudad más poblada del mundo.
Aquélla de donde huiste antes de que una suerte de universos paralelos congeniaran y nos mostraran por segunda vez el cielo, acomodándote de espaldas, dejando que te penetrara con la mirada para que empezara a ver tus lunares como estrellas y pudiera llegar a tu mismísima luna, mientras transpirábamos esa complicidad que pocas veces se da entre dos seres humanos; eléctrica, intensa, creativa.
De las calles recorridas sobresale una espesa oscuridad y desde los callejones se abre el abanico de los asiduos al anonimato; los hombres que fingen ser mujeres para ofrecerse al mejor postor; los patrulleros corruptos que viven de la “mordida” obligada a los intransigentes y los vagabundos que rondan de una diversión a otra en su propia velada.
A las sombras noctámbulas les robamos los minutos que puedan pasar inadvertidos, instantes de un lance pletórico, ensayado en incontables ocasiones para convencernos de la cantidad de tiempo que nos sobra en la existencia. Ahora que nos conocemos más, comparto la ciudad contigo a través de estas palabras, porque es la mejor forma de ubicarme al lado de tus prioridades, haciéndome presente en tus pensamientos, quedándome allí; acercándome sigilosamente a la proximidad de tus linderos.
Cuando coincidimos llegamos a un sitio que llenamos juntos de palabras poderosas. Velas aromáticas, tranquilidad expectante, perfectibles definiciones del amor y el desamor; pasajes de nuestros aconteceres convertidos en un manto de palabras. En el intercambio de miradas furtivas, una voz interna nos ayuda a pronunciar algunas: “ven conmigo”, “me gustas mucho” o “quiero más”; en ese juego, se nos escapan otras con el deseo que también esta hecho de palabras, de presencias veladas y de imaginarios personales.
¿Pero qué es el amor, en qué se transforma y cuántos vértices puede tener? ¿Será verdad que con el tiempo, los actos amorosos se multiplican cuando se le da rienda suelta al corazón? ¿O será tan complejo que ya no admite más retos que demuestren que no puede darse indivisible y leal, como alguna vez habíamos considerado?
¿Es que acaso aún es posible hablar de amor? ¿Se puede ser tan atrevido o tan ingenuo como para decir un “te amo” con total impunidad? ¿Hay todavía alguien que logre vivir una gran pasión que al final no parezca un remedo insulso de una película trillada en la que ya todos nos sabemos de memoria el argumento principal? Lo supongo, pero no lo sé a ciencia cierta.
Y es que vas de mí a tu vida, luego yo me voy de ti a mi vida. Sólo el pasado, la memoria, los secretos y lo que sabes e ignoras de ti misma es completamente tuyo. Porque al final de cuentas, resulta que somos cada uno su propia libertad.
¿Pero a la vez me cuestiono por qué se renueva este deseo de verte otra vez? ¿Por qué no se agota ya? Mi única certidumbre aquí sigue siendo la duda. Si nos encontramos nuevamente, quizás busquemos ese otro idioma en común donde no hagan tanta falta las palabras para lograr un entendimiento mutuo. Después de todo, no debe ser tan complicado como suena si lo intentamos con un convencimiento pleno.
Te lo cuento a ti porque cada gesto tuyo, cada abrazo no pedido y cada una de tus sonrisas es así en realidad; una palabra, una frase antes oculta que ahora nombra algo distinto a la distancia adecuada y en el momento preciso, es decir, algo que busco solamente contigo.
Desde pequeños nos acostumbran a lidiar con ella, aunque no en todos los casos, y a veces no importa que tan acostumbrados estemos, nos resulta indignante en el fondo concebir la idea de quedarnos así, sin tener a alguien a nuestro lado que nos escuche cuando queremos quejarnos del mundo.
Es fiel compañera hasta que uno se aburre y termina por ahuyentarla o al menos evitarla lo más que esto sea posible. Es una sensación incómoda no saber cómo llenar ese vacío cuando se presenta, pues va más allá de sentirlo en el estómago o de llegar a palparlo con todo el cuerpo. La mía por muy grande que sea, es una soledad acompañada, porque a través de los instantes congeniamos en el espacio para coexistir bajo el mismo tálamo de expectativas construidas.
Solos nacemos y venimos a poblar el orbe, así como solos morimos y nos vamos de la tierra para olvidar los malos tiempos. Eso dicen, sólo estamos de paso en la inmensa rueda giratoria del universo.
De forma inevitable, tratamos de fugarnos a un escenario alterno, buscamos a los otros y evadimos la soledad por medio de la comunión de las ideas que se propagan hasta ser un mismo mensaje, el cual nos unifica, tal como este que ahora lanzo para que llegue hasta la inmediatez de tu condescendiente mirada.
Llegó la hora de ir de compras. Actualizar el guardarropa es un buen motivo para renovar el ánimo, -ahora entiendo a las mujeres-, y dejar atrás, todos los problemas que nos aquejan diariamente.
Entro a la tienda, y en el primer atajo llego al pasillo de lencería. Recorro los aparadores y los percheros sin encontrar algo que capte completamente mi atención. Echo un vistazo alrededor, poso la mirada en las texturas del lino y de la seda; la suavidad de las telas me cautiva, y me deslizo entre las prendas ceñidas que erotizan los aparadores. Eso sí, las ofertas brillan por su ausencia.
De pronto, me figuro tus medidas amoldando mi tacto, sintiendo con mi mano al calce, tus formas imaginarias, pero me detengo para ubicar el departamento de caballeros cuando una señora se me queda viendo con un dejo de curiosidad.
Doy la vuelta para perderla de vista y del otro lado veo a los que están cobrando en las cajas, y a la gente que se forma para que la atiendan. Más adelante, veo los trajes, las camisas de vestir, y los pantalones que vienen para esta temporada. Una señorita se acerca a preguntar si busco algo en especial.
Le agradezco su atención inmediatamente. Me ayuda a saber la talla de cuello y el largo de manga de las camisas que me gustaron.
Me recomienda el modelo Europa por su cuello amplio y por la doble costura de sus acabados; me le quedo viendo, la escucho hablar, y pienso en que todo tiene que ver con todo, que casi siempre hay algo que me hace pensar en ti, y en el lugar en donde esté le pregunto al silencio si no estás arriesgando demasiado por querer disfrutar tanto de la vida, aunque en el fondo sepa que es justo eso lo que caracteriza tu estilo.
La variedad de colores me hace pensar que llevaré más camisas de las que tenía contempladas. Gris Oxford, azul cirio, rojo cromado, amarillo ocre, palo de rosa, violeta y el negro elegante que nunca puede faltar.
Escoger ropa para otra persona es una verdadera proeza, pero cuando se trata de uno mismo quisiéramos comprar toda la que nos probamos.
Me voy con el gusto por estrenar las camisas compradas, y no puedo negar que me quedaron a la medida. En una mano llevo la bolsa, y en la otra cargo la carpeta que me acompaña tarde y noche en mis andanzas aquí, del otro lado del océano Atlántico; pensando en lo he dado por tu amor que, de cualquier forma, se va perdiendo sin remedio.
Una gran aversión nos dominó después de haber dicho “te amo” hasta el cansancio. Rodeado demúltiples compañías, hoy te veo tan extraña a mí, superlativa en el deseo de dudar en lo imprevisto ante la obsesión que más me cuesta contener en su cauce establecido.
Nada nos quedó después de lo compartido cuando decidiste buscar la dicha perdida en lo que jamás te podrá ofrecer la incertidumbre. Luchando contra el rompimiento de todo lo que nos acosaba en la inmediatez de la risa, comprobamos el agobio por ensayar lo desconocido luego de probar la inmortalidad.
Nuestra pasión quedó a la deriva y nos venció el letargo de sabernos domesticados por un sentimiento impuro, pero invencible desde su misma naturaleza, porque no pudimos escuchar la noción de lo que supimos crear alrededor nuestro.
La explicación que necesitaban nuestros desconciertos no dependía del esfuerzo por despuntar en el futuro ofrecido, el cual era indiferente por nacimiento. Sólo su inminencia pudo evocar el recuerdo de otros tiempos, pues el amor fue un juego con el que nunca nos comprometimos.
Si no hicimos nada en común, entonces todo lo que nació de nuestro cariño fue absurdamente improvisado. Y aunque la ausencia de caricias que disfrutamos antes de nuestra despedida final me duela, nada nos queda para recuperar ese nicho de gracia indestructible, porque ya no espero nada de ti.
Egresado de la UNAM. Invitado del Segundo Encuentro Latinoamericano de Escritores. Estado de ánimo: agitación creativa. Cualidades: el ingenio y la honradez.
AHORA CONFÍA, EN EL PASADO SE QUEDARON LOS SUEÑOS ROTOS, LAS NOCHES VACÍAS; SÓLO EN EL PRESENTE SE PUEDEN CREAR LA MAGIA Y LOS MILAGROS QUE ESCRIBIRÁN EL FUTURO PARA EL QUE ESTAMOS PREPARADOS.
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